jueves, 16 de diciembre de 2010

¿Dónde estas?

Aquí,
Allá,

Justo ahí dónde más te duele, dónde más te hace falta.
En el silencio, en la sonrisa falsa, en el amor sin dueño.
Allá.


domingo, 28 de noviembre de 2010

PALABRAS AL OÍDO



No puedo evitar sentirme viva cuando estoy con vos. Tu cielo azul petróleo, tus guayacanes que explotan al primer rayo de sol… tus caminitos de algodón. Sos una sonrisa perdida en el centro, un bus inesperado, una piedrita blanca entre las medias, unos ojos grises y un saxofón. Tus cascabeles verdes enclavados en las montañas, tu pasión y locura, una canción. Sos el cielo estrellado cuando llueve, el recuerdo de unos ojos al mirar el sol. Sos mi miedo y mi angustia, una pared sin dueño, un dolor necesario, todo lo que soy.

jueves, 11 de noviembre de 2010

LA LLORONA


Picante y sabrosa como el chile verde. Violenta, Viciosa y Vibrante. Electrizante como una cortadita diminuta entre el dedo meñique y el del corazón. Deliciosamente salvaje, impulsiva e intuitiva. Mujer. De ojos inmensos y mirada clara, de pupilas brillantes y acarameladas. El maldito reflejo de un espejo roto, que rompe en mil pedazos tras una carcajada.

sábado, 30 de octubre de 2010

DE VIGILIAS Y OTROS TIEMPOS


5:15 am
Despierto aún con los ojos cerrados. La oscuridad en mi cabeza, el carro que pasa a toda velocidad hacia Las Palmas. El tic-tac del reloj, un pájaro a lo lejos de canto solitario y roto, el fru-frú de las sábanas cuando muevo mis piernas. La respiración. El aire que sale por mi nariz. El latido en las sienes. El silencio.
Qué curioso el momento en que volvemos a la realidad tras el sueño. Intempestivo, inesperado. Como un disparo. La noche anterior descuelgo el cerebro en la almohada y cuando menos pienso, hay un rayo de sol pellizcándome los ojos. Despierto como asustada. Sueño que caigo por un lisadero rojo y justo antes de quitarme la camisa mis ojos ya están abiertos de par en par pegados al cielo. Cuando despierto asustada sé que algo va a suceder.
Una punzada en el pecho me recuerda que estoy viva. Tengo sed. Siento como aletea el pecho, respiro intranquila. Abro los ojos tratando de arrancarle a la penumbra mis objetos: el cuadro de las palomas inacabado, el techo impasible, el reloj de pulsera, el libro de Vargas Llosa, el celular. Miro la hora: 5:16 a.m.
Me duele el estómago, la base del estómago, el vientre. Debe ser hambre, anoche no comí. Tenía ganas de un perro caliente con mucho queso, pero la lluvia me obligó a las cobijas. Así como el dinero me obliga a callar, o el amor a olvidar. Así como el cielo me obliga a seguir, así como los ojos de Alejandra me obligan a sonreír. Me arde el estómago y pienso en él. Su sonrisa de dientes postizos, el brillo de sus ojos al odiar. Intento dormir pero es inútil. Tantos años pesan sobre mis pestañas que ya me cuesta conciliar el sueño como una muerte dulce, y ahora se ha convertido en una escapatoria necesaria para que el cuello no duela con el peso de la cabeza.
La garganta está seca, siento como un uñero arranca algunas lanas de mi cobija. He perdido tanto en tan poco tiempo que me dan ganas de llorar. Ahora en esta oscuridad podría hacerlo sin miedo a las palabras. Mi sonrisa se acostumbró a vivir siempre pegada a mi cara como un stencil, entonces cada que intento llorar a los demás les cuesta comprender el sabor de mis lágrimas. Nadie las encuentra dóciles al tacto ni dulces al paladar. Malditasea, cómo cuesta la tristeza cuando no hay nadie para escuchar.
El ruido de los carros se hace constante, uno tras otro como en un carrusel. Regreso a las mañanas donde las tías, al chocolate caliente esperando al fondo, al sonido de los carros junto a la ventana de madera gruesa, al crepitar de la escoba contra la baldosa amarilla, a la voz de Colombia entonando alguna balada triste. Los carros pasan como pasa el tiempo, como se me fueron los años por entre los lagrimales. Como se apaga un cigarrillo.
Ahora me pesan los párpados, me pesan las palabras dichas, los silencios obligados y las sonrisas rotas. Me pesan tus labios, mis errores, tus conclusiones. Cierro los ojos esperando arrancar de los recuerdos mis objetos: el cuadro de las palomas que llueven a cántaros, el libro de Vargas Llosa, el tiempo enclaustrado en mis muñecas rotas. El cielo impasible. Recuerdo que son las 5:15 y que debo tomarme la pastilla.

viernes, 22 de octubre de 2010

NOTAS QUE SUENAN A VOS

Por Valentina Bustamante Cruz

En Medellín cambiamos las armas por un instrumento. Con esta consigna nuestra ciudad busca configurar un tejido social más humano, promoviendo la sana convivencia y la interacción social a través del fomento de la cultura y la formación artística. La Alcaldía de Medellín, a través de la Secretaría de Cultura Ciudadana, viene desarrollando varios proyectos que fomentan la producción musical de artistas y bandas locales.

Una de las estrategias más conocidas a nivel local es el Festival Internacional Altavoz, que viene realizándose desde el 2007 y que busca no solamente abrir espacios alternativos para el disfrute urbano de los jóvenes, sino además formar y educar en ciudadanía a la comunidad. El modelo Altavoz nace de Rock al Parque, festival que se realiza en Bogotá y que es el más grande en Latinoamérica. En otros países se realizan festivales similares, como el QuitoFest y el FFF (que se realiza en Ambato, Ecuador), pero son encuentros que gozan, a diferencia del Altavoz, de poco apoyo gubernamental y los asistentes deben pagar la entrada para ver a las bandas.


La Alcaldía no sólo brinda un espacio abierto para que artistas locales y nacionales den a conocer sus producciones, sino que además abre otros espacios que dinamizan la propuesta: talleres de realización audiovisual, encuentros académicos y culturales. Como afirma Alejandro Bernal, Productor Musical de nuestra ciudad, “Altavoz no es sólo un festival, es un proceso de ciudad que dura todo el año”. El Festival Altavoz 2010 fue clausurado el pasado 18 de octubre en la Cancha Auxiliar Cincuentenario, las bandas y artistas que deseen participar en el Festival del próximo año deben estar atentos a las convocatorias que regularmente la Secretaría de Cultura Ciudadana monta en su página web.

Las propuestas musicales son apoyadas también a través de las Becas para la Creación Artística y Cultural, que ya van por su séptima versión. Esta convocatoria busca incentivar la producción y el desarrollo de las propuestas artísticas de las organizaciones y personas interesadas en el quehacer cultural y artístico de la ciudad. Para este año, los integrantes del grupo Mr. Bleat, recibieron el incentivo económico que la Alcaldía otorgó y con ese dinero se encuentran desarrollando el proceso de producción y postproducción de su nuevo trabajo discográfico. Así como Mr. Bleat, son muchos los artistas que se pueden ver beneficiados con estas iniciativas, que buscan encontrar talento y promover cultura a través de la música.


La Red de Escuelas de Música de Medellín es un programa social que se viene desarrollando desde 1996 y que contribuye a la formación integral de niños, niñas y jóvenes de la ciudad. Alejandro Jaramillo es saxofonista, inició en la Red cuando tenía 15 años y encontró en la música una opción de vida, “yo iba a estudiar Diseño Gráfico, pero con todo lo que he vivido hasta ahora, me doy cuenta que puedo dedicarme enteramente a la música”. Actualmente estudia en Eafit y varios de sus compañeros de la Red ya están comenzando su carrera musical. Cabe resaltar que muchos de los integrantes de la banda Burkina, fueron en un principio, integrantes de la Red.

La Red de Escuelas de Música de Medellín brinda a los jóvenes espacios alternativos de disfrute y de formación. La Red de Escuelas es hija de un proyecto que es pionero en Venezuela y que se llama Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela. El programa está dirigido principalmente a niños y jóvenes, en la actualidad hay más de 25 escuelas distribuidos a lo largo y ancho del Valle de Aburrá.

Si quiere conocer los requisitos para acceder a los proyectos y todas las demás opciones que la Alcaldía tiene para usted haga Click Aqui

jueves, 7 de octubre de 2010

SIETE BOTELLAS VERDES



6 junio de 1958

La Mariposa, esa mañana, amaneció sin agua. Cuando abrí los ojos sentí el calor sofocante que salía por mis fosas nasales y el sudor colándose por detrás de mis orejas y humedeciendo mi pelo. La pijama se me pegaba en la espalda y, aunque dormí sin cobijas, las sábanas que me recibieron con frescura la noche anterior, amanecieron calientes y pesadas.

El sol que madrugó en Caracas se filtró por la ventana con tal candor que el tiempo se confundió en mi cabeza. Miré el reloj con ansiedad y dudé que en realidad fueran las seis de la mañana. El sol se alzaba en el horizonte altivamente y prendí inmediatamente el radio para constatar qué horas eran en realidad. Podrían ser las 12 del medio día y supuse que el sol se burlaba de mí al verme correr hacia el baño con rabia, apurada y sofocada. Sólo esperaba poder sorber un poco de agua y apaciguar la resequedad que ya rasgaba las paredes de mi garganta. Cuando abrí la llave del lavamanos un pequeño chorro de agua café y caliente salió como un último suspiro. Después sonó como si alguien escupiera un poco de flema y no corrió nada más. Ya no había agua.

Desde la semana pasada había escuchado en los boletines radiales como La Mariposa estaba a punto de quedar sin agua. Los calores eran abrasantes y el nivel del agua comenzó a disminuir alarmantemente en la represa. Cuando el INOS (Instituto Nacional encargado de los servicios de acueducto) anunció entonces que en La Mariposa sólo quedaba agua para 16 días, decidí guardar unas cuantas botellas con agua en la cómoda bajo el lavamanos.


Ese seis de junio en que el sol me saludó con sarcasmo, abrí las dos puertas de madera y observé con suficiencia las siete botellas verdes que, transparentes y enfiladas, me hicieron sonreír a pesar de que los labios me dolían cuando los estiraba. El agua que contenían me hizo sentir importante. Sabía que la vecina del 207 que viste camisones amplios con flores de colores disímiles no tenía siete botellas verdes con agua bajo su lavamanos. La imaginé con el pelo entre los dedos y arañándose los cachetes, con sus siete perros ladrando con desespero a sus piernas varicosas y con espuma blanca en sus fauces.

Las siete botellas reposaban altivas bajo el lavamanos y decidí tomar una para ese día y las otras las encerré bajo llave. Caracas ya llevaba una semana en alerta y yo había estado tranquila porque tenía siete motivos para no preocuparme.

Mojé una pequeña toalla facial con un poco de agua y me limpié la cara. Humedecí mis labios y sentí como un chorro de agua helada que sabe a piedra, chocaba contra mis dientes y acababa con mi sed. Cerré la botella nuevamente y la guardé en la nevera. Tenía que ir a trabajar, Caracas había suspendido el suministro de agua, 79 años después de la última vez, pero no tenía derecho a dejar de funcionar.

La oficina esperaba por mí, así que me arreglé y me perfume mucho bajo las axilas para evitar los malos olores en el ascensor del edificio de comunicaciones.

Cuando salí a las calles me impactó el calor que sentía en las suelas de mis zapatos. Los tenis no eran de muy buena calidad, eso lo sabía, pero el asfalto estaba tan caliente que veía como el pavimento comenzaba a derretirse y era un chicle negro y pegajoso el que reposaba bajo mis pies. El cielo se alzaba sobre mi cabeza limpio y resplandeciente. Ni una sola nube caraqueña quería asomarse a saludar. Los árboles que dividían las aceras olvidaron sus flores en los recuerdos que teníamos en la cabeza de lo que alguna vez fue Caracas. Sentía la sed fluir por entre esos tallos resecos y olvidados que se hacían llamar árboles.


Llegando a la esquina de la calle que daba paso a la Plaza de la Estrella me crucé con la vecina del 207. Traía a sus siete perros, cada uno amarrado de una correa de diferente color, que en conjunto, hacían juego con su inmunda bata. Me saludó y vi como los animales arrastraban un inmenso botellón de agua mineral que había comprado en la esquina. Al llegar a la Plaza noté como la inmensa fuente principal seguía funcionando, pero habían acordonado la zona para que las personas no se acercaran a tomar el agua que retoñaba del suelo.

No entendí como la vecina del 207 había conseguido un botellón inmenso de agua, cuando en la tienda había una fila larguísima de gente procurando conseguir una gaseosa o un jugo de caja, todo porque la alerta máxima la habían puesto la noche anterior.

Un mes atrás, cuando corría el mes de mayo, dieron la primera alerta. El INOS comenzó por reducir los suministros de agua. Primero, la teníamos disponible sólo por medio día, después, redujeron el tiempo a una hora diaria, y en ella debíamos recoger la suficiente como para que por lo menos nos pudiéramos asear y mojar los labios.

Cuando pasé por el lado de las personas que hacían cola frente a un expendio de bebidas, sonreí al recordar las siete botellas de agua que tenía filadas y guardadas bajo llave. Sentí pena por quienes esperaban para que les vendieran un poco de jugo de durazno, pues sabía, que el último botellón de agua se lo había llevado mi vecina para ella y sus siete perros.

En la primera bomba de gasolina que encontré, varios autos esperaban con los motores humeantes a que los dependientes pudieran atenderlos con un poco de agua. Pero agua no había y el tráfico se paralizó. Mientras caminaba, los trancones y el calor me convencieron nuevamente y decidí, por tercera vez en un mes, que jamás compraría un carro. La ciudad estaba desolada. El único que caminaba junto a mí por las calles de Caracas era el sol insoportable de las nueve de la mañana. Los bares estaban cerrados “por falta de agua”, los restaurantes, las pizzerías y hasta los colegios interrumpieron sus actividades.

La sequía llegó a su punto culminante después de dos días sin agua. Me quedaban cinco botellas y media porque tuve que lavarme un poco el pelo, que comenzaba ya a engrasarse. Desde Estados Unidos enviaron aviones cargados con agua y el país funcionó entonces con relación a lo que sucedía en Caracas. Los camiones cargados con el preciado y extrañado líquido encontraron muchas trabas en su camino hacia la capital y se supo de camiones que fueron asaltados y robados. En las fronteras vendían clandestinamente un litro de agua a 20 bolívares.

Esa noche revisé con cautela mis cinco botellas de agua. Había regado un poco la hortensia que tenía en la ventana y me di el lujo de beber dos tragos helados, porque la garganta comenzaba a molestarme.

Suspendieron el servicio de televisión y de radio. La ciudad no era inundada más que por el insoportable olor a muerto que expelían las cañerías y los sonidos de algunos pájaros lejanos. Los siete perros de la vecina comenzaron, al tercer día, a ladrar con tal desesperación que sentí cuando ella abrió la puerta y salieron los animales despavoridos escaleras abajo en busca de agua. La vecina quedó desolada con su inmenso camisón y no hubo lágrimas que salieran de sus ojos cuando sus únicos compañeros la abandonaron porque no tuvo más agua para darles.

El olor se acrecentó al día siguiente cuando me levanté empapada en sudor y con las piernas encalambradas. Había escuchado en la plaza, que varias personas habían muerto cuando intentaron cruzar el camino que llevaba a Mérida. Abajo en la calle algunos estudiantes de la universidad pública demandaban agua y comida al gobierno, pero no había cámaras que los anunciara y supe entonces que nadie escuchaba su voz. Ya habían pasado cuatro días desde que comencé a beber mis siete botellas verdes. Quedaban sólo dos y no sabía cuantos días más habría de sequía. Decidí quedarme en casa el resto del día. En la distancia un silencio, insoportable al igual que el sol, abrasó lo poco que quedaba de Caracas.

En la noche cuando el desespero me había tomado por completo decidí que iba a terminar con las últimas dos botellas de agua. Abrí la ventana y observé la ciudad muerta. Sin árboles, sin fuentes de agua, sin luces en las ventanas y sin personas en las calles. Caracas estaba muerta.

Esperaba que tal vez una ráfaga de aire refrescara un poco mi cuerpo. Tomé las dos botellas de agua y las regué sobre mi cabeza. Caracas se dibujó en el horizonte y escuché el sonido del mar que a dos horas de distancia me refrescaba los oídos. La primera botella abanicó mi rostro y un poco de la espalda. La segunda bajó y enfrió mis piernas y el abdomen.


Cuando una ráfaga de aire tibia volvió y rozó mis mejillas entonces escuche un pequeño tintineo en la baranda de la ventana. Tenía aún los ojos cerrados cuando supe lo que sucedía. Caracas revivía. Alineé en la baranda las siete botellas verdes que ya vacías, comenzaban a recibir el agua que caía del cielo, “para una próxima ocasión”, pensé, mientras el agua se colaba perfectamente por entre las siete pequeñas boquillas que miraban al cielo.


Inspirado en el texto "Caracas sin agua" de Gabriel García Márquez

jueves, 30 de septiembre de 2010

BUSCANDO A LILY MARLÉN

Ella es un lirio de sonrisa fácil que espera bajo la luz de un farol amarillo. Tiene los dientes parejos de una mujer que sirve café a las ocho de la mañana, enclaustrados en los labios delgaditos de la jefe del departamento de arquitectos que tiene el pelo rojo. Tiene las manos blancas de una enfermera que sostiene una cajita de música. Las pecas coquetas de su cuello, se descubren a través del botón de la blusa que siempre mantiene abierta. Esos lunares proponen inventar el sostén en blanco y negro que, como una partitura musical, esconde en sus entrañas imaginadas. No sólo tiene las piernas de Marlene Dietrich, sino también su voz. Lily Marleen canta y las caderas anchas de la profesora de ciencias sociales que tomó un taxi, cierta noche (día al fin y al cabo) en que llovía a cántaros, bailan al compás de una mano que tiene como ocupación ser un objeto de arte, ser al fin y al cabo, el tiempo en los labios de una mujer.

TUYO ES MI CORAZÓN



—Es muy bonito libro —dijo Carlos
—¿Es muy triste?
—Es el libro más triste que he leído en mi vida
—A mí me gustan los libros tristes —dijo Juanita
—¿Por qué? —preguntó Carlos
—Porque se parecen a las cosas que le ocurren a la gente

miércoles, 22 de septiembre de 2010

CARTA AL NEGRO CAMACHO



Cada que pienso en vos imagino tus ojos. Los pinto en el horizonte de un color caramelo espeso y flotan en el aire como un par de espejos que brillan y parpadean al hablar. Estoy casi segura que si brillan tanto es por los muchos soles que se han reflejado en sus pupilas. El horizonte para vos nunca fue el límite, fue la línea que siempre te mostró el camino que inventaste con tus pies.

Es que la vida es un pequeño camino empedrado que se construye con cada nuevo aprendizaje y experiencia. Un ladrillo, dos, tres y ¿Por qué amarillos?, porque es el camino que siempre recuerdo cada que pienso en un viaje. Es el camino que guía hacia la tierra de Oz, el camino de la magia, el eterno retorno, el camino que parte de la casa y termina en ella. Así son tus viajes Benjamín Camacho: descubrimientos, desolaciones y búsquedas insaciables.

Creo que el valor que me falta para dejar todo lo que hasta ahora he construido, es el que te sobra para colgarte una maleta de tela al hombro y correr hacia al sur. Tal vez porque no nací a orillas de un río o porque no he probado la marihuana en las raíces de un árbol, es que no tengo el empuje para que mis pasos empiecen a trotar; o tal vez porque vos tenés cuerpo y alma de negro es que caminas en busca de una historia, porque yo para el alma me quedé corta. Yo tengo mis historias aquí al lado, soy excesivamente cómoda y escribo sobre lo que veo. En cambio vos, saliste en busca de una historia que nunca encontraste, porque nunca la perdiste. Siempre estuvo junto a vos Negro, y es que vos sos la historia que camina sin rumbo por las trochas del tiempo.

Mientras te leía, empastado entre las páginas del libro, imaginé tus metas. Pensé que tal vez querrías llegar a viejo o navegar el Nilo en una balsa de madera; o quizás cantar sobre las tablas del Luna Park en Argentina o morir también a orillas de un río. Y supe, gracias a vos, que la vida asegura el ahora, que no promete futuros ni perpetua pasados. Porque el pasado ya no existe y el futuro es un misterio, pero el ahora es un regalo y por eso se llama presente. Vos viviste un eterno presente materializado en la búsqueda de esa hermosa historia, que creías, reposaba bajo las piedras de alguna tierra perdida. Pero nunca te diste cuenta que vos eras el tiempo caminando entre bosques sin luna, y todos los caminos fueron una posibilidad para vos, “vivir para contar, caminar para escribir”, porque fueron tus pies los que escribieron esta historia que ahora late bajo nuestros caminos.

Vos supiste abrir las horas con calma, estudiar lo que el mundo te ofrecía y pensar con cabeza fría para fijarte la dirección del camino. Tus metas aunque claras, nunca fueron estáticas, siempre cambiaron con la dirección del viento, como vos.

¿Acaso era tu destino ser el hombre errante en busca de una felicidad que no nombraste? No sé que pensés vos del destino negro, vos que tanto has aprendido del cielo y del infierno en tus caminatas eternas. Dicen que el destino supone esa concepción mundana de un camino marcado, de un futuro cierto y de unas “misiones” que el hombre debe cumplir. Es una fuerza que predetermina todos los acontecimientos en la vida de cada persona.

Vos negro, no estuviste determinado más que por tu propia conciencia, vos sembraste el acto, de siempre salir cantando de casa, y así cosechaste un hábito. Sembraste un hábito y cosechaste así tu carácter errante. Y como afirma Charles Reade, el famoso escritor inglés, “siembra un carácter y cosecharás un destino”.

Existen en cambio, destinos de otra naturaleza, como aquellos de los que se tiene conocimiento después de tomada alguna decisión, algo así como una causa-efecto. Este destino no es tan inverosímil, pues toda acción siempre genera una reacción y desde este punto, toda reacción esta predestinada desde la acción. Vos mismo construiste el destino a partir de tu forma de ser, porque nunca perteneciste a nadie, porque si te convertiste en viento para atravesar Suramérica, entonces fue porque así lo quisiste desde el primer momento en que, entonando una canción, caminaste con la puerta de tu casa a tu espalda.

A mi me enseñaron que el camino se forja con años de lectura, de equivocaciones, de preguntas y preparaciones. Pero vos me mostraste que tu camino lo forjaste a punta de sueños. No necesitaste más libro que la Biblia y el Almanaque Bristol. ¡Qué Cortázar, qué Sábato o Cervantes te iban a mostrar el camino que tu alma siguió! No necesitaste de Marx o de Freud para encontrarte encerrado en una cárcel sin dueño y gritando por aquellos que no tienen voz.

Con vos Camacho, las acepciones de la palabra “destino”, son tomadas desde un punto de vista más romántico. De nada sirven los academicismos con tu historia, esa que se inclina más por las casualidades de la vida. Era tu destino no morir ese día que llovía a cantaros y te iban a fusilar. No te preguntés por qué, créeme que no hay quién pueda responder a esa pregunta.

El destino podría ser tomado como ese fin al que todos estamos encaminados. No hablamos solamente de la muerte, que es tal vez el único destino cierto de la raza humana, sino también de toda meta propuesta hacia la cual se encamina todas las acciones. El destino visto como un medio y no como una finalidad, está condicionado por las decisiones que a diario se toman. No está escrito sino que se escribe. Y vos Negro, lo escribís a cada instante.

Porque tu libro Benjamín, es la historia de esta América que se desangra en guerras injustificadas y voces que se acallan por miedo. Vos sos como un fantasma que aparece y desaparece allí dónde más nos duele. En las masacres, en los campos minados y en las oficinas de los grandes políticas. Vos sos un espectro sin máscara: sos el pobre que camina sin rumbo, el rico que regresa a casa, el ignorante que quiere ser presidente y el sabio que sabe cómo mirar a quién le apunta con un arma en la mitad de la frente.

Siento al leerte, que podés ser una invención Negro. La estructura de tu historia es tan familiar, tan perfectamente hilada que siento que no sos más que un collage de muchas historias a las que nombraron Benjamín Camacho. No sé en quién pensar cada que imagino tu mola de colores y tu pelo enrulado. Pienso en el Che, en Jesucristo, pienso en John Lennon y en Gandhi. Vos sos una pequeña colcha de retazos de historias, tantas como las que te leyeron. Vos no sos uno Camacho, vos sos tantos como los caminantes de estas tierras sin dueño.

Tu historia es la historia de ese Jesucristo que partió el tiempo en dos. Porque lo veo caminando como vos, porque a él también lo tildaron de loco, porque a vos también te jugaron negro, como los soldados romanos jugaron las ropas de Jesús en la cruz. Vos caminaste sobre las aguas en un vuelo psicodélicamente fugaz y Jesús lo hizo para probar su divinidad. Vos veías ángeles que te anunciaban las desdichas y estuviste metido en una montaña varios días, ahogado en la desesperanza.

Tu historia es la historia del Ché, ese médico argentino que recorrió estas montañas en busca de un ideal. Sos un Gandhi que camina por la paz, sos un John Lennon que canta por la igualdad. A la final nunca supe quién eras realmente vos Benjamín Camacho, ¿será que si existís?

Pienso que tal vez estás durmiendo en la puerta de algún gran hotel, o tarareando canciones en alguna estación de tren. Tal vez esperas en la fila de algún banco o estas comprando zapatos viejos en algún bazar. Quizá lo que pasa es que todos nosotros, no somos más que tu representación Camacho, porque nosotros tampoco sabemos a ciencia cierta qué nos ha pasado. Somos como vos, vivimos sin tiempo y sin memoria.

Vos sos tan humano, tan salido de nuestras propias costillas, que estoy segura que, si en el momento en que te arrinconaron contra la pared y te apuntaron con una arma en la sien no hubiera llovido, te hubieras puesto a cantar. Pero fue la lluvia Camacho, la lluvia que a vos te salva y que a nosotros nos asusta, la que te puso a pensar en tu Dios y en tu patria. Y por eso no cantaste, pero estoy segura que hubieras entonado una canción de Nino Bravo si hubieras muerto, y hubieras volado a cantando que sos libre como el viento, porque vivo a muerto Camacho, vos sos más libre que el viento.

Benjamín, vos sos la historia de nuestras ciudades encarnada en unos ojos color miel. Llevas a cuestas la bandera del que quiere cambiar el mundo. Te vestís de silencios, gritas por quienes no han podido llorar. Pero te quedás en el murmullo inaudible de la selva. Vos Camacho, te perdiste en tu propia historia.

Es que al leerte me perdí entre tantos datos inexactos. Vos sos el tiempo, eso es verdad, y sos tan atemporal que podés ser y no ser al mismo tiempo. Por eso mismo dudo de tu existencia, porque no me das las bases suficientes para creer que viviste todas esas historias que contás.

El destino lo haces vos y existe sólo en la medida en que lo fundas para vos mismo. Esta es la concepción idealista del destino, en la cual el hombre se determina en tanto el mundo es lo que él mismo hace de éste. Lo dijo Schopenhauer y vos lo aplicaste en cada paso: “el mundo es mi representación”. Fue producto de tu mente, vos sos el artífice de tu destino. Ves Benjamín, vos también sos un Schopenhauer negro, porque el mundo de tu historia, es el mundo que vos quisiste crear.

Un mundo que se me presenta un tanto ilógico y hasta absurdo. Nunca pude ubicarte en un período de tiempo determinado, y decime ignorante si querés, pero te quedaste en tu historia Benjamín y olvidaste la nuestra. Digo que la olvidaste porque no logro ubicarme. Con vos todo es poesía Camacho, nada de formalismos periodísticos ni fechas estructurales. No me vengas con que sos una radiografía de la historia del continente, porque no tenés número para contarme este cuento. Es verdad, yo no necesito de números para saber de vos, pero es que negro, vos tenés tanta alma, que no entiendo para que te enredaste con políticas y muertos, y desventurados y asesinos. No Negro, vos no sos de esos, dejále a los ignorantes las historias sangrientas, y dedicáte vos a buscar los sueños que se enredan bajo los árboles, en el camino que lleva al sur, siempre al sur.

Tus ojos no sólo son dos pedacitos de vidrio colorado, sino que son un par de espejos en el que nos reflejamos todos los que te leímos enfrascado en esas letras que se nos presentaron hace un tiempo. Después de conocerte vestido de tinta y papel, quedé con un pedacito tuyo incrustado en mitad del pecho. Además, me ví también entintada entre tus historias, bueno, mis ilusiones las vi entintadas en vos. Porque yo también quiero pintar las paredes de esta ciudad con los dedos untados de pintura y salir de casa entonando una canción. Y quiero caminar por la pampa argentina y burlar la ley y encontrar un amor en cada puerto… como vos.

Ensayo sobre el libro "Vida, Muerte y Resurrección de Benjamín Camacho"
de Reinaldo Spitaletta

domingo, 12 de septiembre de 2010

YO



Hace algún tiempo pinté un autorretrato.
Simple y delicado.
Triste.

Lo trazé en papel mantequilla con tinta china,
Mientras escuchaba un cd de los Rolling Stones.

Mi autorretrato no tiene rostro,
No tiene cejas, ni boca ni sonrisa,
pero soy yo....
siempre yo.

Yo sin facciones ni ojos achinados, sin dientes alineados ni narices estruendosas,
la mujer sin rostro tiene un nombre
que se hace llamar como yo.

Yo espera, porque tiene el cabello al aire,
Sonríe cuando hace frío y arruga los labios cuando hace sol.

Cuando soy en tinta negra no tengo espacio ni tiempo,
sólo existo en un cielo blanco,
soy Yo en un lienzo virgen,
en un pedacito de papel.

Hoy mi dibujo navega prendido en estas telarañas virtuales,
pavoneándose en caras desconocidas.
Hablando en rostros innombrables que no soy capaz de pronunciar.

Mi pedacito de alma en tinta china,
hoy pinta otros dolores y otros cielos,
hoy nombra otras mujeres.

La verdad es que no sé cómo sentirme.
Yo, encontró una nueva dueña.

Ya no se llama Valentina,
ahora la llaman Chio y sueño que llora cuando hace sol.

lunes, 6 de septiembre de 2010

EN UN LUNES POR LA MAÑANA



Déjame ser tu sombra,
tu ventana.
Tu camino de piedra,
tu Ramada.

Déjame ser tu viento y tu sonrisa,
tu pedacito de cielo
tu cornisa.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

OTOÑO



Esta Noche,
como todas las noches,
dejo la ventana abierta,
Para que convertido en un cachito de luna vieja,
entres sorteando las cortinas,
y te poses con suavidad sobre mis pestañas.

martes, 31 de agosto de 2010

AVIONES DE PAPEL



"En tiempos oscuros debes aprender a mirar las estrellas". Jairo Anibal Niño



Y al final te fuiste.
Partiste cuando aún sostenías mis aviones de papel.
Buen viento para vos Jairo,
y regresá...

...Regresá convertido en una palabra dulce,
en un poema de trigo y algodón de azúcar.
Volvé envuelto en tus alas de naranja,
entizá este cielo gris que dejas lloviendo sobre mí.

Volvé...

... Volvé que este mundo es demasiado triste para vivirlo sin vos.

jueves, 26 de agosto de 2010

BLUES DE MEDIANOCHE


Si alguna vez navegas por estas turbias aguas insospechadas, espero que encuentres mis palabras anudadas en un coro hipnotizante. Esta noche grito a los tiempos venideros la desdicha que siento por tu partida. Con las algas hasta el cuello voy a escupir este canto que suena como el coral que rasga su piel sobre una roca. Cierra los ojos y escucha lo que tengo para decirte: percibe el seseo en la distancia, la nota falseada, el grito ahogado y el canto entumido. El gris de la neblina marina en mi garganta le da el blues a estas palabras. Hoy soy una sirena perdida en las aguas del tiempo y vos, el marinero idiota que decidió esconderse bajo sus harapos para no enamorarse.

Maldito tiempo.

Bendito tiempo.

Tú solías colgarte en un mástil viejo, lo recuerdo. Te recuerdo. Con los brazos y las piernas apresados bajo una gruesa liana esperabas por mí. Les gritabas a los demás que te dejaran solo, que se fueran, que corrieran por sus vidas para no ahogarse en mi melodía. Ellos te abandonaban como se abandona un loco a su suerte, y tú sonreías con el paraíso a tus pies. A pesar de todo permaneciste. Siempre en el mástil, siempre en otoño. Fuiste valiente como para enfrentarte a mí. Aun sabiendo que mi canto te llevaba a una muerte segura, quisiste escucharme. Quisiste sentirme.

Lo peor fue que enfurecí. Quien osa sumergirse en mi garganta, debe pagar el precio de ser sólo mío. Y vos fuiste un tonto. Quisiste engañarme con tu liana al pecho, y yo no soporté el desprecio de tus ojos al cerrarse para caer en un dulce sueño tras mi partida. El sol y las gaviotas te daban los buenos días y yo prometí vengarme. ¡Nadie se burla de mí!

Si me escuchas, así sea una sola vez, ya me perteneces. Son las leyes de la naturaleza… de mi naturaleza. Así que si has partido, es evidente que debo matarte. Podría ir hasta los confines del universo sólo para tomar tu cabecita entre mis manos, mirarte a los ojos por última vez y robarte el aliento. Sonreírte con una veta de ironía colgada entre mis dientes y decirte al oído susurrante: “Amor mío, cómo me gusta el azul de tu rostro”.


lunes, 23 de agosto de 2010

CAE LA LLUVIA

"La poesía no pertenece a quién la escribe, sino a quien la necesita"

Cortometraje realizado en 2009.

Por:
Lucas Burgos
Pamela Murillo
Valentina Bustamante.

Universidad Pontificia Bolivariana.



viernes, 6 de agosto de 2010

A SAINT-EXUPÉRY



Esta mañana descubrí un libro que robé.
Pertenece a alguien a quién ya no quiero, así que no vale la pena.
Decidí que pronto he de partir, con mis muñecas de alas rotas y un marcador.

Tengo unos tenis negros y apropiados, para correr cuando haga falta y necesito unas gafas, unas Ray-Ban bien oscuras, para evitar la tentación de mirar atrás. Basta con una falda. Puedo arreglármelas con mis piernas al viento.

Te dejo entonces mis flores secas y enjauladas, el caleidoscopio rojo y mis óleos oxidados. Haz lo que quieras con los libros, aunque pensándolo bien, quiero que arranques las hojas y hagas figuritas de papel. Eso siempre me ha gustado. Regalaselas a los que sabes que no olvido. Deja en las manos de aquellos que me quisieron un pedacito de esta inusitada filosofía. Entregales una paloma de papel para que me recuerden. No te quedés con nada. No me dejés aquí. Eso sí, no vendas los cuadros, que cuando pueda, regresaré por ellos.

Me llevo el libro que robé, más mío que de nadie más, y empaco además unos cigarrillos porque me cansé de respirar por vos. Llevo en la maleta una mechera del Che, un cuaderno de Lautrec y mis tangas violeta. Un cuadrito de Vangogh y una foto azul oscura. Te dejo mis cartas, las pastillas que guardo sobre la cómoda en una caja verde, las zapatillas elegantes y los audífonos. Me llevo las aretas y el sapito que se cree mouse.

Es que tienes razón, los tiempos siguen siendo duros para los soñadores.

Sólo tengo que cerrar los ojos.
Respirar.
Desprenderme de tanta ropa ajena.
De tanto collar.
Dejar lo que no es necesario para poder mover los pies,
ligeramente.

Porque como en un tango,
sobre un camino entizado,
entapetado en plumas viejas,
o en figuritas de porcelana,
me voy de aquí.

Escapo en un baile infernal.
No sentirás mis pasos.
Ni el silencio de mis hombros al moverse.
el frufrú del aire sobre el vientre, te contará,
tiempo después,
que hace años luz te abandoné.

Mierda.

Antes debo tatuarme el cuello,
y cuando lo haga...
voy a aprovechar también una fuga de pájaros salvajes para escapar.

miércoles, 21 de julio de 2010

IN DULCI JUBILO



La tarde se dormía en mis pestañas.
Papá prendía el televisor viejo y sacaba un disco.
Un LaseDisc gigante, que no cabía en sus manos, relucía dentro de sus pupilas.
Sonreía.
Parecía un niño desbaratando un juguete.
Parecía estar desmenuzando el alma en cada Play.

Primero fue Queen, y Freddy Mercury movía sus caderas enfundadas en una elgante y ajustada trusa en blanco y negro. Con sus tetillas al aire cantaba como dios manda y yo enloquecía con su baile, cuando sus ojos se volvían rojos tras un viaje en moto, papá soltaba una carcajada. Yo adoraba sus gafas en forma de estrella y quería que en Medellín nevara para comprarme unas botas de cuero y poder cantar a todo pulmón.

Sobre las baldozas frías dejaba mi espalda descubierta, (es que adoro escuchar música con la columna helada) y entonces papá cambiaba el Laser y el concierto de PinkFloyd inundaba el piso y ladrillos de icopor caían del cielo, una horda de martillos marchaban sobre mis piernas y el miedo me inundaba el corazón cuando aparecía un gigante sin pelo. La alegría de las canciones acompañadas, pensé, y su sonrisa apareció en mis labios. Yo quería tener el pelo rojo y abundante para poder cantar sobre una torre y quería tener los labios rojos, para poder cantar sobre una torre.

Se marchitaban las horas y burlábamos el tiempo.
Si en un momento el sol clareaba el infinito,más me demoraba yo al parpadiar,que el cielo en oscurecerse a gris oscuro.



Después fue Laura Branigan tomando Whisky y Michael Jackson convertido en pantera, Enya sobre un barco de papel y mantequilla, El coro rojo de Rusia cantando Ka-lin-ka Ka-lin-ka ¡Kalinka moya! y yo con el estómago en el cuello quería ser una muñequita rusa de pómulos sonrosados y mirada de cristal. Yo quería vivir en Moscú para ser bailarina de Ballet. Y ellos seguían con su Kalinka y Ka-lin-ka y yo me acordé que me pusieron Valentina por una rusa. Y papá cantaba con los rusos y adoraba los rusos...mientras yo daba una vuelta al cielo montada en un cohete de papel.

Stop.

Un cigarrillo en la ventana.

Yo le pedía una y otra vez que me pusiera esta canción, "Papá la primera, papá la primera" y el aceptaba. Aparecía Mike Olfield de escasos 19 años, con el cabello entre los ojos y las uñas largas. La melodía inundaba el cuarto y yo sonreía.
Para segmentar los sentidos yo cerraba los ojos, y pensaba,
que eramos dos en uno mismo, porque él... él también sonreía...

El Dulce Júbilo de la melodía acompañada, sin más palabras que el silencio que se engarza entre los dientes.

A Papá nunca le han gustado las palabras.
Yo soy un poquito sorda.
Nosotros no nacimos para hablar.
Lo único que sabemos hacer,
es escuchar música juntos.