miércoles, 9 de marzo de 2011

RAQUEL

Marcos odiaba el silencio. Aún más el de las madrugadas. Sin abrir los ojos, sabía que algo escondían esas montañas escarpadas que lo vigilaban tras la ventana de su cuarto. Tan Verdes y ausentes. Tan Impasibles. Aguzó el oído tratando de encontrar algún sonido que le devolviera el aliento. Cerró los ojos y escuchó el rugido breve, ausente pero certero del río. El sonido del agua acallaba el silencio absoluto. Cuando nada escuchaba, sus pensamientos comenzaban a aflorar. Lo volvían loco. A Marcos no le gustaba pensar. 

Abrió los ojos. Raquel aún dormía. Se acercó a su mejilla y le dio un beso. Le gustaba el olor de su pelo rojo, las pequitas perdidas en su cuello, la línea oscura que delineaba su columna. Sus tobillos. Tenía unos pies pequeños, algo perfectos, algo blancos y dulces. Algo Suaves. Quiso acariciarle los muslos pero se contuvo. Eran las 4 de la mañana y tenía que salir en una hora. 



Calentó unas tostadas y se sirvió un café oscuro. Abrió la ventana. Era miércoles. El pueblo estaba desierto. Las calles empedradas delineaban un camino que se perdía en una falda que llegaba hasta la plaza principal. Cerró los ojos y escuchó unos perros ladrar en la distancia. Hacía un poco de frío, "tengo que llevar un saco” pensó y las campanadas de la iglesia le obligaron a partir. Sorbió lo que quedaba en la taza y tomó las llaves del camión. 

Estaba parado en la puerta cuando recordó las pestañas de Raquel. Sus nalgas blancas, su camisón transparente. Quiso volverla a ver, dio media vuelta y sintió un vientecito susurrándole en la nuca. El cuarto estaba a oscuras, “deliciosa penumbra” se dijo y se agachó justo en frente del rostro de su mujer. Las cejas, la punta de la nariz, su boca medio abierta. Imaginó su lengua. Era linda y la quería. Sí que la quería. Demasiado linda como para estar con él. Maldijo el silencio. Recordó la mañana en el parque en que la vio por primera vez, con su vestido amarillo entallado en la cintura, su sonrisa fresca, sus piernas al viento. Raquel. 'Qué linda que sos Raquel ¿Por qué estás conmigo Raquel?' y abandonó el cuarto de un portazo.

Ella estaba despierta. Cerraba los ojos para no tener que verlo. No quería recordar su rostro. Adoraba el silencio porque en él aparecían sus amantes. La cortejaban como se corteja un gato, en el silencio de un matorral impenetrable. 

Con los sonidos en cambio, aparecía Marcos: sus labios en la nuca, sus dedos en la espalda, su calor en la entrepierna. El olor a café molido. No es que no lo quisiera, es sólo que Marcos había cambiado. No podía negar que adoraba sus dientes blancos, sus manos fuertes y sus pestañas inmensas. Pero el tiempo ya había hecho su trabajo y ella no podía mentir más. 


El sonido del motor le anunció su partida. Ahora estaba sola, a merced de las palabras no dichas, de sus fantasías. Tomó la libreta de teléfonos. Deslizó su dedo al azar en medio de la página y susurrando con los labios entreabiertos "de tin marin" y con los ojos entrecerrados “de don pingüé" detuvo su dedo en un nombre: Carlos “cucaramacará títere fue” y su rostro se iluminó en una sonrisa que tenía escrita el nombre del aserrador más guapo de Primavera. 


El teléfono sonó una vez. El hombre aterrizó como un fantasma. Tocó en la ventana. Raquel salió en camisón. Todo fue una serie de eventos que se desarrollaron en silencio. Como un ritual. Le dio un beso en la boca. Ella lo devolvió. Su mano derecha en el cuello, la izquierda entre sus piernas. La respiración entrecortada. Sus dedos surcando rincones insospechados. La ropa en el suelo. Los ojos en el cielo. La boca de Carlos buscando su ombligo, lamiendo sus pantorrillas… besándole los pies. “Me encantan tus pies” le escuchó decir, “¡Cállate!” le contestó en un suspiro. 



Todo debía hacerse en perfecta sincronía. Miércoles, 6:30 a.m. El teléfono. La ventana. La ausencia de palabras. El adiós. Marcos nunca había sospechado. La quería demasiado, la entendía, comprendía sus silencios de alas rotas, sus negativas en blanco y negro, sus ausencias espacio-temporales, su corazón enjaulado y emplumado. Sus ojos verdes que no eran verdes. 

El sonido de la puerta la despertó. Carlos estaba encima, Ella muy lejos de allí. Aguzó el oído y lo supo: las llaves tintineando, el seguro de la puerta al correrse, el eco de sus botas en el pasillo. De repente todo tuvo sentido: los carros en la calle, los perros aullando, los pájaros en el pomar, el río, la vida real. Era él. "¡Marcos!" alcanzó a gritar, y fue como un conjuro para hacerlo aparecer.



El hombre no la miró. 

- Hermano póngase la ropa – le dijo 

Carlos lo hizo. Raquel pensaba en la escopeta que había guardada en el closet. En una caja verde de enchapes en hierro, justo debajo de sus botas negras. 'Si soy rápida alcanzo a pegarle con la lámpara' se dijo 

- Páguele 

Raquel abrió los ojos 

- ¿Perdón? – contestó Carlos 

- ¡Que le pague hijueputa! ¿O a qué vino? 

Otra vez el silencio. El maldito silencio. Carlos esculcó en sus bolsillos. El sonido de los billetes al rozarse chocaron en los oídos de Raquel como un látigo. 

- Sólo tengo 15 mil 

- Déselos 

Y Raquel estiró la mano con los ojos fijos en la chapa del closet. 

***


Las campanas de la iglesia doblaron en la distancia. Marcos abrió la ventana. Raquel aún dormía. “Qué linda que sos Raquel” pensó mientras le besaba el cuello, la cara, las orejas “¿Por qué estás conmigo Raquel?” y su lengua se deslizó sobre sus labios. Ella sonrió por debajo de su boca. Le quito el sostén. Dibujó con suavidad los círculos del infierno en sus pezones. No hubo lunar que Marcos no besara esa mañana. Raquel cerró los ojos con fuerza. Se fue. Eso siempre le sucedía. Comenzaba a perderse en el momento en que comenzaban las caricias. Si la tocaban con la lengua más rápido se desdoblaba. Existía un momento, que Raquel no podía precisar, en el que dejaba de ser ella. Partía. Era otra la que disfrutaba, la que gemía. Otra la que lloraba. Ya estaba acostumbrada. 

Ese miércoles, cuando regresó, estaba sola. Las piernas tensionadas, el cuello enrojecido por tanta rabia en los besos de Marcos. El pecho a reventar. Sobre la almohada, tres billetes de 5 mil pesos con una nota rápida que rezaba “Te Amo”. 









Ese día volvió a fumar. Prendió un cigarrillo de los que Marcos tenía sobre la cómoda del televisor y dejó la alcoba pasada a tabaco. En una caja herrumbrada guardó los billetes y la nota. 


***

Raquel se mató un miércoles a las 6:30 de la mañana. Todo lo hizo en perfecta sincronía. La Ventana. La escopeta. El perfecto silencio. El adiós. Marcos la encontró tirada en el piso. Las cajas de hierro abiertas y en el suelo, incontables billetes de cinco mil pesos que se mimetizaban con los papelitos y los “Te amo” caligrafiados por su puño y letra. Caminó con despacio hasta su cuerpo. Tenía en el rostro unas pequitas de sangre que surcaban el camino de sus ojos abiertos, inmensos como un mar obnubilado. Perdidos en la inmensidad del tiempo con las montañas insondables reflejadas en sus pupilas verdeazulosas-azulverdosas. “Qué linda que sos Raquel”, le dijo al oído, “¿Por qué estás conmigo Raquel?” y en su mano ya inerte depositó tres billetes de cinco mil pesos.




3 comentarios:

  1. Espectacular Raquel. Divina la redacción. Me transportó y me encantó Raquel. Un abrazo amarillé, como siempre, me encantan tus cuentos. Me debes mi lectura.

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  2. Ese será tu regalo de cumpleaños. Tengo mucho por leerte, mucho por contarte. Mucho por abrazarte. Te quiero

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  3. Me hiciste leer y me pareció genial, que magia tenés en las palabras escritas Valentina ��

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