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lunes, 19 de enero de 2015

UNA ORACIÓN EN LENGUA MATERNA


Voy a escribirte estas líneas aún cuando siento mil ojos y una espada de hielo y fuego atravesándome en la espalda. Aún cuando todavía me dejas sin alma y sin aire de sólo encontrarte mirando lejos, perdido entre tus recuerdos de hierro y suelo. De tierra.

Dicen amor que la sonrisa es el idioma universal. Que nos abrimos y cerramos puertas cuando sonreímos. Que construimos y tejemos los hilos de plata que nos unen con los demás... que eso lo hacemos con la sonrisa: tejernos los unos a los otros en una manta infinita de sonrisas y no sonrisas.

Yo hoy no quiero hablar de tu no sonrisa, simplemente porque no viene al caso. Basta con decirte y repetirte que yo sé y entiendo y estoy segura que he vivido tu sonrisa a través de tus ojos negros, a veces miel. Que sonríes cuando callas y no porque estés ausente ni porque ningún beso te haya robado o cegado la boca. Tu realmente sonríes cuando estas lejos. Ese es tu idioma universal: Tu silencio de estrellas.

Hoy quiero que ambos aprendamos un idioma que pensamos es desconocido. 

Sé que tienes mil intenciones en la cabeza, pero cuando el tiempo se te escape por entre las manos como un puñado de estrellas de arena, quiero que te sientes al lado de un camino viejo y escuches. Quiero que te detengas en el tiempo y sientas lo que yo sentí cuando escuché estas palabras que creemos que no entendemos. Si las lees, tal vez podrás encontrar el mensaje escondido entre sus notas. Gracias por la vida amor, por la vida y la sonrisa que cuelga de tus manos cuando besas.

Si de pronto las palabras aparecen en otras bocas y con otros labios y recuerdas otros cielos, siempre es bueno volver a lo esencial. Volver a la lengua y a los cuentos de infancia, volver como una oración en lengua materna que nace en nuestras gargantas cuando nos decimos que nos amamos. Como una oración que repetimos a ciencia cierta sin siquiera pensarlo, como sacando una cuenta por palabra, un rosario por apuesta. Una a una salen las palabras sin siquiera notarlo. Je T'aime Je T'aime, Yo te amo.

"Te quiero amar como nadie jamás te amó, Te quiero amar más allá de lo imaginado en tus sueños. Te quiero amar. Te quiero amar. Te voy a amar como nadie jamás se atrevió amarte.Te quiero amar así como me hubiera tanto querido ser amado. Te quiero amar. Te quiero amar."



jueves, 17 de febrero de 2011

EVA

"Eva dudando"-Fotografía de Marcela Peláez Ruiz/http://www.flickr.com/photos/marcelapelaez
Te equivocaste de Nombre.
De amor y de Dios.
De conversación.

Era otro árbol Eva, otros sueños, otros labios.

Te equivocaste de mesa y de horario.
De casa, de barrio y santuario.
De candelabro.

¡Qué sueño, qué imagen, qué viaje!

Te hubieras metido la bendita manzana entre las piernas,
para que no fueras vos la equivocada.
Otra lengua la de la mordida,
otros dientes los de la carnada.

Te equivocaste de Dios. De sueño y de amor.
De tiempo y de historia.
De memoria.

viernes, 21 de enero de 2011

"¡Qué pudiéramos volar!"


El timbre de la puerta la despertó. Era Darío, quien con sus inmensos ojos miel le dijo "que yo te invito a un concurso de aviones de papel". Alejandra, en un intento por parecer natural a semejante hora del día, apartó sus ojos de los rayos de luz y entrecerrando los párpados y arrugando la nariz le sonrío. Con todos los dientes le dijo que "sí, que vamos". En un parpadeo subieron corriendo hasta el último piso para escribir en hojas de papel sus palabras dulces.

"Que el cielo sea verde", "que los dinosaurios existan", "que la sopa sea de cereal", "que el amor no duela"... y comenzaron a construir aviones con sus deseos. Alejandra quedó absorta en los pájaros de papel que volaban hacia el suelo que para ella era un cielo engramado, un cielo verde. Darío escribió un mensaje secreto que lanzó con rápidez al firmamento.

Alejandra le miró los ojos, las pecas de la nariz. Él notó sus dientes un poco torcidos, el aliento a barrilete y el lunar que tiene en la punta de la nariz. Soltaron una carcajada al viento y salieron corriendo escaleras abajo a ver cuál de los dos alcanzaba a cojer más deseos de papel antes de que aterrizaran. El tiempo pasó. Entierrados y exhaustos de tanto correr, gritar, saltar y caer, decidieron acostarse sobre el prado con las narices al cielo. La noche aterrizó en sus frentes y Alejandra se puso en pie. Las estrellas le anunciaban la hora de regreso a casa: las tareas, el chocolate caliente, su papá en la puerta esperando con el reloj reflejado en las pupilas. Salió corriendo. Darío la vio alejarse: su colita de caballo al viento, los cordones desamarrados, la sonrisa que alcanzó a darle cuando se voltió para gritarle "Mañana nos vemos" y desaparecer por el camino de piedra. Darío no quería volver a casa. Tenía muchas historias que contarle, contarle por ejemplo que a su perro Rex le habían encontrado dos garrapatas esa mañana, o que odiaba su clase de artística, contarle por ejemplo que a veces, sólo a veces, quería jugar con ella por siempre. Dio media vuelta y salió corriendo. Decidió tomar un atajo para llegar más rápido a casa. 

"Engarzado entre las hojas de un árbol, al vaiven del viento y esperando no estrellarse todavía contra el suelo, cuelga una esperanza de papel, una ilusión hecha avión que reza en letra rápida y temblorosa: 'Que me des un beso'"

viernes, 28 de mayo de 2010

CURIOSIDAD

Aparece, que no me quiero morir sin saber de qué color son tus ojos.
Hay días en que te invento, y tu imagen en mitad del horizonte me sonríe en una chaqueta verde botella. Tenés los ojos grises, pardos como un gato, como el humo de los coches en un atardecer. Los tenés como si fueran una montaña ahumada en un cielo azul. Ojos petróleo, de sávila, de niebla y humareda. Ojos de algodón.

Hay otros días en que me mirás en amarillo, sobretodo cuando te sueño en el bar, con tus cervezas claras y tu sonrisa franca. Tus ojos como lámparas fundidas, como faroles de un pueblo colonial, se quedan pegados en mis labios, cuelgan de mis dientes y si te metes un porro, entonces dormís en mi lengua. Vos me mirás sin decir palabra y tus ojos de uva me hablan, me dicen que soy un Jazmín, que tengo los labios rojos carmesí, que me los pinte, que así me veo bonita, y yo te consuelo en el piso del baño, te digo que todo va estar bien, que no estoy brava así me hayas vomitado el pelo.


Vos de amarillo Bitelyuciano, poluxiano, antariano, te quedas mudo. No sabés cómo decirme que querés que todo termine. Debo confesarte que mis labios a veces te quieren decir que ya no va más, que todo ha terminado. Que podemos estar juntos. Pero ¿sabés una cosa? ellos mienten, por vos y por mí. A los rojos les gusta mentir, a tus amarillos no.



Hay días en que tenés los ojos negros, y así me gustás más. En estos tiempos de absoluta oscuridad vos me mirás como si me fueras a dar un beso, con un Lucky Strike metido entre los dientes me decís que me pinte los labios de rojo, "de rojo carmín" y aspirando de un ploncito toda esperanza yo miro tus ojos y son negros, y el horizonte se nubla, negros como un agujero, y yo siento tu nariz en mi nariz, como el rio cuando es de noche, y tu lengua en mis labios, como la nada cuando es de día.




Aparece.
Aparece que, aunque tengo la leve sospecha de que son grises, no sé de qué color son tus ojos.


sábado, 30 de enero de 2010

IN-CULTURA METRO

“Las leyes inútiles debilitan las necesarias”

Baltasar Gracián

El primer metro de la tarde pasó sin detenerse (por esto de los trenes expresos que hace unos meses se implementaron en la ciudad), lo observé y seguí conversando alegremente con Caliche sobre el color de los techos de las casas que alcanzábamos a vislumbrar desde la estación. La tarde se extinguía en un maravilloso cielo azul y un segundo metro se detuvo sobre la plataforma. Se abrieron las puertas y “señor usuario recuerde que dejar salir es entrar más rápido”, se cerraron las puertas y se alejó. Miré el reloj, aún teníamos tiempo, seguimos hablando. Sus ojos brillaron cuando me miró en el atardecer.

El tercer tren apareció de pronto, como salido de un túnel, no sabíamos cuánto tiempo había pasado entre las palabras que contábamos. Me miró directo a los ojos y se acercó lentamente, se abrieron las puertas, sonreí con pena, se cerraron. El metro avanzó despacio hacia la próxima estación y sentí sus labios muy cerca a los míos, los vagones se alejaron con más rapidez y

-Disculpen ¿Están esperando a alguien?

Un policía en verde interrumpió la escena y nos dejó sin aire.

- Sí, ya debe estar que llega.

- Lo que pasa es que en este lugar no pueden esperar, deben salirse de la plataforma. Son las reglas.

Me sentí observada por todos los que esperaban el tren en la estación del frente, observada por las cámaras de seguridad como si fuera una delincuente. ¿Qué de malo hay con sentarse a esperar en las sillas del Metro? ¿No están hechas pues para esto?


Es cierto que la muy conocida Cultura Metro se hace necesaria para la educación de una sociedad que, como la nuestra, llega virgen a la utilización de un sistema integrado de transporte. Con ella se busca la “construcción de una nueva cultura ciudadana que convoque a la convivencia en armonía”. En el momento en que comienza a funcionar el metro, se hace necesaria la adecuación de una cultura que lleve a los usuarios de la mano, que los estandarice dentro de parámetros que buscan unidad y ordenamiento social.

Bien se sabía que la cultura paisa es bastante complicada y que las infraestructuras públicas podrían verse afectadas si no se implementaba un sistema de propaganda capaz de modificar las actitudes y modelos de acción, propios de esta región del país. No es necesario hacer un estudio exhaustivo para darnos cuenta de cómo somos: afanados y acelerados, siempre queremos entrar de primeros, no respetamos los puestos, somos individualistas, nuestra pujanza nos ha enseñado a llevarnos (cuando así lo requiera la ocasión) por delante a quien se atraviese. Hablamos duro, gritamos por naturaleza, somos afectuosos, cantamos a todo pulmón si algo nos emociona, a los paisas no nos da pena pelear en público ni abrazarnos con cariño. Es cierto que somos tercos y desordenados. Pero es cierto también que cuando queremos algo, lo defendemos y cuidamos.

Las normas del metro son fundamentales para la constitución de una cultura necesaria: es cierto que debemos estar siempre detrás de la línea amarilla, que dejar salir es entrar más rápido y que cuando subimos las escaleras debemos hacerlo por el lado correcto, para evitar aglomeraciones. Es indiscutible que las mujeres en embarazo deben ser tratadas con preferencia, al igual que los ancianos y las personas con alguna discapacidad. Pero ¿y qué problema hay con la música dentro del Metro?


Al ser un sistema masivo de Transporte, El Metro de Medellín requiere de estas pautas de comportamiento, para poder mantener bajo control la situación, bien se sabe además el peligro que puede representar unas vías de metro, sin la clara apropiación del usuario. Pero tampoco puede convertirse en un apaciguador y anulador de la cultura. Que no se tire basura es una cosa, pero que no se pueda comer es otra. Es una total vigilancia, una férrea doctrina que busca convertirnos, al momento en que estamos dentro del Metro, en seres carentes de emociones.

El hecho de que exista una norma que prohíba sentarse sobre la plataforma del metro es incuestionable: al ser un espacio destinado para el constante flujo de personas se deben evitar los obstáculos en caso de presentarse una evacuación de emergencia, pero el hecho de no poder sentarse en las bancas del Metro a esperar porque “el reglamento dice que sólo se puede esperar tres metros”, es un poco pasado. Si la Cultura Metro pretende expandirse a otras partes de la ciudad diferentes a las estaciones, el Metro bien debería apropiar dinámicas urbanas dentro de sus asépticas estaciones.

El Metro es reflejo de nuestra cultura. Pero como espejo, lo único que muestra es un desfile apático de seres estandarizados e invisibles. ¿Dónde queda la calidez que caracteriza nuestra cultura? ¿El sano jolgorio? ¿La alegría que tanto admiran los extranjeros? Yo descubrí que el Metro no es un lugar de encuentro, no convoca, no acoge como lugar urbano al que pueda dotarse de vocación. Si no me puedo enamorar en el Metro ¿qué me queda?

Nos dirigimos hacia la plataforma externa. Recostados contra la pared él me tomó de la mano. Ya no había ningún atardecer, me miró directamente a los ojos y dijo

- ¿Qué te parece si caminamos?

miércoles, 7 de octubre de 2009

EL BESO




La besó en la mejilla... en amarillo...

Allí donde más duele: en ese punto exacto en el que la mejilla comienza a convertirse en labios.

Fue uno de esos besos que son y no son, que quieren pero que no pueden. Un beso al fin y al cabo.